jueves, 3 de octubre de 2019

La importancia de reconocer la personalidad animal


Colaboración de la compañera activista Amanda Fernández Mc Naught.
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La importancia de reconocer la personalidad de los animales no humanos
En los últimos siglos el conocimiento humano ha tenido un avance vertiginoso, que nos ha permitido hacer descubrimientos, encontrar fundamentos a muchos temas que han inquietado a la humanidad desde tiempos inmemoriales, o descartar ideas que fueron sustento de nuestro desarrollo cultural en otros tiempos. Entre estos temas encontramos lo relativo a nuestra relación con el resto de los seres con los que compartimos este planeta. Hace ya tiempo que sabemos que no somos los únicos seres con capacidad de sentir, conscientes de nosotros mismos y del mundo que nos rodea. Y sin embargo, apenas hace algunas décadas, algunas personas que comenzaron a cuestionarse la relación de dominación que mantenemos con estos seres, los animales no humanos, atendiendo a las implicaciones éticas que surgen del hecho de saberlos sintientes, decidieron emprender acciones para buscar el fin de su esclavitud.
Que la mayoría de los animales sienten es algo que ya no se encuentra sujeto a debate. Numerosas disciplinas dan cuenta de las razones y de la evidencia de este hecho. Los animales no humanos experimentan diferentes estados conscientes y emocionales, o dicho de otra manera, experimentan el mundo, y se experimentan a sí mismos, de formas análogas a como nosotros los humanos lo hacemos. La capacidad de sentir tiene como consecuencia que valoran su propia existencia, y, por lo tanto, tienen intereses tales como conservar su vida, y vivirla sin ser sometidos o dañados por otros, vivir en libertad y de acuerdo a sus propios fines, convivir con otros individuos de su especie, contar con un hábitat propio, etcétera. Los animales no humanos no son cosas, son personas en un sentido moral, algo que la mayoría de los humanos que hayamos tenido contacto cercano con otros animales ya sabíamos.
En marzo de 2019, un grupo de reconocidos juristas se reunieron para dar respuesta, desde el punto de vista del Derecho, al hecho demostrado de que los animales son seres sintientes, en una serie de coloquios sobre la personalidad jurídica del animal, concluyendo con la enunciación de la Declaración de Toulon, en favor de la coherencia de los sistemas jurídicos con la evolución del conocimiento, indicando que los animales deben considerarse de manera universal como personas, y no cosas, que es urgente terminar definitivamente con el régimen de su cosificación, y, en consecuencia, debe ser reconocida la cualidad de persona, en un sentido jurídico, para los animales no-humanos.
El Derecho reconoce hasta ahora dos categorías de personas jurídicas: las personas físicas (humanas) y las personas morales (asociaciones, sociedades, fundaciones). La Declaración de Toulon exhorta a hacer entrar a los animales no humanos en la primera categoría, al lado de las personas físicas humanas, como personas físicas no humanas. Se trata de un régimen específico, ya que los derechos a reconocerles a los animales no humanos no coincidirán del todo con aquellos reconocidos a los humanos, pero tendrán que ser los adecuados para que los animales no humanos sean considerados y protegidos como seres sensibles, inteligentes y conscientes. La Declaración de Toulon representa un gran paso en el proceso de reconocer y hacer efectivos los derechos de los animales.
Cuando decimos en un sentido moral y jurídico que los animales no humanos son personas, estamos reconociendo que son seres con valor inherente, es decir, que se valoran a sí mismos sin importar el valor que les puedan dar otros, y, por lo tanto, son sujetos de derechos. El principio moral de igualdad nos exige que todos los seres con relevancia moral sean respetados de igual manera. El valor inherente es lo que dota a alguien de relevancia moral. Los seres con valor inherente o intrínseco no deben ser tratados como cosas. No deben ser esclavizados por ningún motivo, aun cuando esclavizarlos resulte en beneficios o comodidad para otros. En otras palabras, no deben ser propiedad de otros.
Es importante señalar que el concepto “persona”, o dispositivo como Roberto Espósito lo define, porta en su núcleo ciertas dificultades que debemos tener en cuenta y entender. A lo largo de la historia este concepto ha sufrido modificaciones, y, en su uso actual, se aplica de manera exclusiva a los seres humanos o sus asociaciones. El problema es que históricamente se ha conformado de dos sustancias diferentes: alma o razón, y cuerpo, supeditando siempre el cuerpo a la razón, y considerando como personas a aquellos seres con agencia moral, es decir, humanos adultos en pleno uso de sus facultades mentales y libres de sometimiento; o dicho de otra manera, aquellos seres con capacidad de actuar de acuerdo a razones, y que, mediante ellas, son capaces de controlar sus propios cuerpos. De hecho, el concepto de valor inherente lo introduce Kant como sinónimo de capacidad para razonar, lo cual es un error en vista de que para valorar la propia vida no es necesario razonar, sino únicamente sentir, es decir, ser consciente. Estos problemas que el término persona ha presentado lo largo del tiempo, imposibilitando que la personalidad de los animales no humanos sea reconocida, provienen de un mismo origen: el antropocentrismo, que pretende encontrar en cualquier lugar justificaciones para separar al humano del resto de los animales, y mantener la jerarquía de la cual se beneficia. Por lo tanto, nuestra tarea debe ser cuestionar y debatir estos errores u omisiones que han derivado en la omnipresente cosificación de los animales no humanos, al mismo tiempo que buscamos la forma en que puedan hacerse efectivos los derechos morales que les corresponden. En el momento actual, los derechos continúan constituyéndose y estructurándose alrededor de la personalidad. De ahí que la Declaración de Toulon exhorte a la inclusión de un nuevo tipo de persona: persona física no humana.
Si entendemos que los animales no humanos son personas en un sentido moral, y, en un futuro, jurídico, podemos ver que las normativas de “Bienestar Animal” son justamente la negación del estatus de personas para el resto de los animales, pues no terminan con su cosificación, sino que los mantiene como esclavos o propiedades de los humanos, es decir, como cosas, objetos o recursos a su servicio. Son anti-derechos, pues aunque pueda resultar “mejor” ser asesinado con menos dolor, resulta contrario al interés de los animales ser asesinados en beneficio de otros, ya que su interés es continuar viviendo. Aunque pueda resultar “mejor” contar con una jaula más grande, resulta contrario al interés de los animales vivir enjaulados para beneficio de otros, ya que su interés es vivir en libertad. Perpetúan la violencia especista, pues esta se puede manifestar como violencia explícita o implícita. Aunque pueda llevar, en algunos pocos casos, a aminorar la violencia explícita (en la práctica es imposible verificar el cumplimiento de las normas en cada centro de explotación animal), mantiene y perpetúa la violencia implícita que resulta de la cosificación de alguien, de su esclavitud. Terminar con algún tipo específico de explotación tampoco resuelve el problema, pues, mientras la sociedad siga percibiendo a los animales como cosas, las leyes reflejarán dicha percepción, y, por lo tanto, nuevas formas de explotación aparecerán, y otras ya superadas resurgirán. Los distintos tipos de explotación son los síntomas del verdadero problema: la creencia humana en su superioridad respecto al resto de los animales, o antropocentrismo, asociado a un pensamiento utilitarista que considera que los actos se deben juzgar en base a sus consecuencias, “calculando” cuanto placer o beneficios obtienen los involucrados, en comparación al sufrimiento generado. Tal pensamiento es incompatible con los derechos de las personas, pues, si violar el derecho de alguien beneficia a muchos, para el utilitarismo dicho acto sería moralmente aceptable.
Muchas personas, que se encuentran preocupadas por la situación de los animales no humanos, promueven y defienden leyes de “Bienestar Animal”, pensando que pueden mejorar un poco sus existencias ahora. Sin embargo, sólo el fin del estatus de propiedad puede hacerles justicia. Para que ese día llegue, se requiere que una parte importante de la humanidad los reconozca como personas, y se comprometa con su liberación. Como propiedades de otros, sus intereses siempre serán menos relevantes que aquellos de sus propietarios. Es por esto que no se puede aspirar a lograr el fin de su esclavitud apoyando leyes o reformas que los sigan considerando esclavos. Es una contradicción.
Sabemos que lograr este cambio en la percepción que nuestras sociedades tienen acerca de los animales no humanos no es una tarea fácil, pero no es imposible. La esclavitud humana fue una institución que se mantuvo por miles de años, y hoy la mayoría de los humanos estamos de acuerdo en que es inmoral. Para lograrlo, debemos hablar con todas las personas que podamos sobre la personalidad de los animales, sobre sus consecuencias éticas y, por lo tanto, prácticas. Debemos hablar de veganismo, pues para que una ley sea decretada, pero, sobre todo, mantenida en el tiempo, requiere contar con el apoyo de una buena parte de la población. La demanda de bienes resultantes de la explotación animal es lo que alimenta a las industrias, que, con su poder económico, ejercen presión a los gobiernos para obtener protección y beneficios. Debemos denunciar y señalar el especismo en cada aspecto de nuestra vida diaria, entendiendo que, para hacerlo, necesitamos aprender a reconocerlo en nosotros mismos, y superarlo. Debemos hablar y debatir sobre cuáles son los derechos que se deben reconocer a los animales en calidad de personas físicas no humanas, y de qué maneras podrían garantizarse en el contexto actual y futuro. Tenemos un gran trabajo por delante, que requiere de manera urgente de toda nuestra atención y esfuerzo, de nuestra coherencia y compromiso ético. Requiere que nos eduquemos y nos examinemos de manera crítica a cada momento. Tenemos en nuestras manos el futuro de los animales no-humanos, en este nuevo contexto que abre posibilidades de justicia para ellos. Defenderlos es posicionarse y hablar claramente en contra de su esclavitud.
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